viernes, octubre 06, 2006

nostalgias

El café en la taza desaparecía lentamente, era raro que se sentara en el sillón de la sala a esas horas de la tarde, pero no había nadie cerca y viendo próximo el final creyó conveniente hacer recuento de su vida. Volteo a ver las paredes y vio a su familia: el titulo de su hijo primogénito, quien además era su favorito, con un hijo que era su viva imagen retratada en un cuadro arriba de la televisión, junto a las de las nietas que viven en el norte. Sus hijas cuando cumplieron quince años o se casaron, al igual que sus hijos, ya hacían tiempo de eso. Fotos de la ultima nieta y de la más querida que vivía a un par de casa y por ahí perdida entre fotos de bodas y quince años aparecía una cara con marcado parecido a la más pequeña de sus hijas y al primogénito, esa imagen que encantada hubiera querido borrar.

Esa imagen siempre parecía desafiarla, nunca había podido ser como las demás, nunca le dio armas suficientes para odiarla, pero jamás para quererla como a los otros, tal vez de ahí venia su poca tolerancia hacia ella. Esta imagen era de su nieta, hija del primogénito aquel que mencionamos era le favorito, la cual reflejaba la libertad, modernidad, libre pensadora y para colmo voluntariosa y terca al igual que ella. De moral dudosa puesto que nacida y criada en la gran capital solo la veía en vacaciones con ropa entallada al cuerpo y platicando con los chicos de la cuadra que llegaban a preguntar por ella en cuanto veían movimiento en la casa. Eran muy parecidas, no podía negarlo, pero habían crecido en épocas muy distintas con valores y moral parecidos pero bajo una disciplina no tan igual.

Tanto se concentro en la imagen de esa niña que empezó a sacar del canasto de costura madejas de hilo que desenredaba al paso que lo hacia con sus pensamientos. Esa chiquilla que en siempre se le enfrentaba con la ironía y sarcasmo le trajo a la mente una foto que no estaba ahí colgada, pero con la cual no pudo evitar que los recuerdo del ayer se acumularan en su cabeza, saliendo en forma de finas lagrimas que brillaban a contra luz al deslizarse por sus mejillas.

Nadie sabía nada de esa historia, una historia de juventud, cuando aun no era abuela y la vida estaba en sus manos. Un extranjero, un golpe de suerte, una cámara fotográfica y el destino dieron paso a la pasión característica de quien deja de ser una niña y descubre a un nuevo ser en los brazos de un hombre. No es que la convirtiera en mujer, pero si le enseño una parte de su ser hasta ese momento dormido. Salió de sus cavilaciones para aspirar fuertemente sus manos y noto que un después de tanto años y otros amores, esas manos guardaban el olor de aquella vieja pasión, se acerco a una gaveta desde hacia tiempo cerrada en la que encontró acetatos, metió la mano y del fondo saco uno, lo puso en el tocadiscos y empezó a sonar:

Nostalgias de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego
su respiración. Angustia de sentirme abandonado y pensar que otro a su
lado pronto, pronto le hablara de amor
Hermano yo no quiero rebajarme, ni
pedirle, ni llorarle, ni decirle que no puedo más vivir desde mi triste soledad
veré caer la rosa muerta de mi juventud.°

Mientras pensaba que fue de aquella foto tomada por ese extranjero francés, esa que ya debía ser de color sepia, ¿en manos de quien habría terminado?, ¿estaría colgada cerca del Sena y de ser así que ideas remitiría a quien la viera? Sonreí al pensar que podría despertar pasión lo que se creo por la pasión.
°Carlos Gardel, Nostalgias

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encantas!

Luis Olazo Baldwin dijo...

Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos. . . Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. ¡Te reís!... Pero sólo vos me ves: porque los maniquíes me guiñan; los semáforos me dan tres luces celestes, y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares. ¡Vení!, que así, medio bailando y medio volando, me saco el melón para saludarte, te regalo una banderita, y te digo...